Quién es el «árbitro de Villa Urquiza» que se viralizó cuando dirigía el tránsito y cuál es su gran sueño

Esquina de Monroe y Bauness, Villa Urquiza. «Ando buscando a un muchacho que suele andar por la zona vestido de árbitro. ¿Lo ubican?».

-Sí, claro, Fernandito, un crack, nuestro referí barrial. Mirá anduvo por acá barriendo y después lo vi irse al kiosco de la esquina -dice un encargado-.

Esquina de Monroe y Bucarelli, kiosco. «¿Puede ser que haya pasado por aquí Fernandito, el muchacho vestido de árbitro?

-Pasa siempre por acá y se lleva su botellita de Coca. Estaba haciendo tiempo esperando para ver si engancha algún picadito en el barrio. Andá para la plaza de Triunvirato y Roosevelt, debe andar por ahí -hace saber el kiosquero-. Lo vas a encontrar ahora que es famoso, después de que todos lo viéramos en las redes.

La misión encomendada era encontrar al árbitro que días atrás su imagen se viralizó en un móvil televisivo de C5N, cuando se estaba dando a conocer una de las obras viales más esperadas en el barrio Villa Urquiza: se cortará el paso a nivel de Álvarez Thomas y la vía del tren Mitre, para empezar a construir un túnel. Detrás del periodista que explicaba los pasos a seguir, se vio a Fernandito «dirigiendo» el caótico tránsito de la zona. La desopilante imagen se reprodujo millones de veces.

En Monroe y Triunvirato, dos agentes de tránsito se ríen ante la consulta. «¿Buscas a ese es el que nos quería sacar el trabajo? Sí, lo vimos hace un rato cerca de la barrera, andaba tocando el pito y sacándole tarjetas amarilla y roja a los autos y a los peatones. Le dijimos que no confundiera, que nos encargábamos nosotros de eso».

La búsqueda parecía complicarse y se hacía desear cuando a unos veinte metros de Roosevelt y Triunvirato se divisó la figura de un hombre vestido todo de negro, con shorts y medias hasta las rodillas. Estaba meta charla con alguien que tenía una pechera y luego se identificaría como Agustín, el cuidador de la plazoleta pegada a la estación de tren.

«¿Fernandito?», le consulta el cronista de Clarín pero su primera reacción es menear la cabeza. «¿A quién busca?», devuelve serio y tratando de usted. Y arremete: «Yo soy la Gacela Baldassi», responde automático, en referencia al ex referí cordobés Héctor Baldassi, conocido como Coneja. Y se alejó a caminar por Triunvirato, tocando el pito y sacándoles tarjetas a peatones, algunos desprevenidos, y otros haciéndoles un guiño cómplice.

«Es un poco tímido pero rápido entra en confianza, vos preguntale por qué le gusta vestirse de referí». Dicho y hecho. Las palabras del cuidador de la plaza surtieron efecto. Nos volvemos a acercar a Fernando, le contamos que queremos charlar con él después de la viralización de su imagen y de cómo el barrio lo adoptó como su árbitro preferido. «Me gusta que me hagan una entrevista, es la primera y creo que mi trayectoria la merece«, dice serio, clavando la mirada.

«Siempre me gustó ser árbitro desde chico. Miraba los partidos pero siempre seguí los movimientos de los referís. Me acuerdo de Castrilli, qué bombero que era, pero me encantaba la cara de malo que ponía y cómo movía los brazos, pero lo que más me gustaba era cuando se ponía a sacar tarjetas a lo loco… También me gustaba la Coneja Baldassi, que era más bueno, no se enojaba tanto. Yo tengo algo de Baldassi, pero yo soy más rápido, por eso en el barrio me llaman la Gacela Baldassi».

Estamos en la plazoleta cerca de las vías del tren y los saludos y gritos se suceden. «Fenómeno», «Vamos, bombero», «Botón ortiva, cobrá bien», le gritan desde un colectivo. «Me gusta que me respeten, que no se hagan los vivos, sé que como árbitro me puedo equivocar, pero soy una persona y el respeto es lo primero», dice Fernando, que vive en la calle Mariano Acha con su padre encargado y su madre ama de casa. «Yo colaboro con unos pesos que gano barriendo veredas, ayudando en los negocios de la zona».

Hay una cancha de cemento vacía y se lamenta de que no puede mostrar sus virtudes. «¿Cómo puede ser que no venga nadie a jugar?», protesta, pero rápidamente empieza a imaginar un partido e improvisa movimientos propios de un árbitro. «¿Qué me dijo, qué me dijo?» y sale corriendo desde el área hasta un supuesto banco de suplentes. Habla solo en tono de advertencia, no se alcanza a escuchar, pero gesticula. «Es la última», parece avisarle a un director técnico fantasma. Ágil vuelve al campo de juego, corre hacia atrás, pita y grita «Juego», a un arquero invisible. Compenetrado, la mímica es insuperable.

Se atina a interrumpirlo, pero Fernando no escucha. Se insiste y con un gesto, aleja cualquier intento de consulta. Trota siguiendo la jugada y vuelve a cobrar y saca una tarjeta apuntando a la calle. Un bocinazo sumado a un grito lo irrita y tras la amarilla, saca ampuloso la roja. «Se va, afuera». Si hubiera un concurso televisivo llamado «Imitando a un referí», no cabe duda que lo ganaría. Sigue en la suya el hombre y esperamos en un banco, a la sombra. Una mujer, desde el mismo banco, lo mira con ternura, pero no lo conoce. «¿Le sale bien, no?», pregunta.

Transpirado, se toma el ultimo trago de gaseosa y le gustaría tomarse otra. Vamos caminando por Triunvirato hacia otra plaza. Es observado y le gusta. «Ahora soy conocido, espero que Beligoy («jefe» de árbitros de AFA) me quiera conocer y me regale un nuevo uniforme. Este ya está viejito, pero lo uso todos los días, me gusta andar por la calle así. ¿Sabés quién me lo regaló? Pablo Giménez, un amigo árbitro del ascenso. ¿Quién es el mejor para mí? Nicolás Lamolina, es mi ídolo, siempre maneja bien los partidos, me encantaría conocerlo».

En la charla algo desordenada, dice que no puede ordenar más el tránsito. «Después del video que me hizo conocido, la policía del barrio me dijo que no lo haga más porque puedo confundir a los conductores». Silencio. Seguimos caminando y en una calle poco transitada, sobre la senda peatonal, regala un breve paso de comedia: en medio minuto pitó dos veces, sacó tres tarjetas amarillas a peatones que no cruzaban por la esquina y una roja a un taxista que estaba mal parado». Lo disfruta, se siente importante.

«Fernandito, ídolo», le dicen a la entrada de un supermercado. Él no responde, pero está atento a la mirada del otro. Un grupo de chicas lo mira y le sonríe. Se agranda el hombre de negro, que está sediento de Coca. Estamos en la cola para pagar y vuelve al personaje. Pone cara de pocos amigos, saca una tarjeta, anota e inmediatamente le muestra la roja a una clienta delante nuestro. Toca el silbato y se arma un mini revuelo. El encargado llama la atención y hay pedido de disculpas.

Nos vamos y cruzamos a la plaza que está cerca de la Iglesia del Carmen. «Tengo ganas de dirigir, vayamos a ver si hay alguien», tira con sed de revancha. Se le dice que todavía no es horario en el que los chicos salen del colegio y devuelve que «por ahí alguno se rateó». En la plaza hay un puñado de alumnos mirando la pantalla, pero lo ven, lo reconocen a Fernando y se acercan. «El otro día te sumaste a un partido y me sacaste amarilla sólo por hablar», se queja el más menudito. Para qué… infla el pecho nuestro héroe barrial y empieza con su show para disfrute de los chicos, que le siguen la corriente y simulan estar pateando. Uno le hace una suerte zancadilla al otro y el hombre de negro no se iba a perder lo que más disfruta. Sacarle la roja».

Nos despedimos de Fernando, le agradecemos, pero pone cara de pocos amigos. «¿Ya está? Haceme más preguntas, un rato más». Cinco minutos más y lo saludamos. Estrecha la mano serio, como durante todo el encuentro y pregunta cuándo saldrá la nota y, luego, hace un último pedido. «¿Me ayudás a conocer un colega, a mi ídolo? Es Lamolina, pero Nicolás, no Pancho?». Le prometemos que se hará el intento y sonríe por primera vez.

PS

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