Reducir Irán a un asunto meramente regional es un error analítico que estos días veo cometido demasiadas veces, en especial por expertos y académicos. Desde las guerras greco-persas, pasando por el Imperio sasánida y por el llamado Great Game -la rivalidad del siglo XIX entre británicos y rusos por el control de Asia Central-, el espacio persa ha estado ligado de manera directa al equilibrio de poder mucho más allá de sus fronteras. Hoy tampoco es diferente, fundamentalmente por cuatro razones indispensables para comprender los acontecimientos recientes.
La primera razón es económica: el Medio Oriente sigue siendo uno de los grandes nodos estratégicos del sistema internacional. En la región se concentra cerca de la mitad de las reservas mundiales probadas de petróleo y alrededor del 40% de las de gas, y por el estrecho de Ormuz circula aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume en el mundo.
No se trata de cifras académicas, sino de variables que tienen un impacto directo y casi inmediato en la vida de ciudadanos de todo el mundo: en lo que pagan por combustibles, por transporte, en el nivel de inflación de sus economías y en los tipos de interés fijados por los bancos centrales.
En efecto, un cierre, incluso temporal, del estrecho de Ormuz tendría impactos muy peligrosos en la economía global. Estudios recientes indican que un bloqueo durante más de 30 días representaría un riesgo de recesión mundial superior al 75%.
La segunda razón es militar. El famoso programa nuclear iraní, motivo de innumerables controversias y sanciones internacionales en las últimas décadas. Teherán nunca ha podido responder a una cuestión muy simple: si -como siempre ha afirmado- tiene únicamente fines civiles, ¿por qué ha enriquecido uranio a niveles cercanos al 60%, muy por encima del 3-5% necesario para uso energético y relativamente cerca del 90% requerido para uso militar?
A ello se suma el desarrollo sostenido de misiles balísticos, otro elemento que convierte todo esto en una cuestión de seguridad internacional. Algunos de estos sistemas tienen alcances estimados de entre 1300 y 2000 kilómetros, suficientes para alcanzar no solo a Israel y a los Estados del Golfo, sino también partes del sudeste de Europa.
La tercera razón es estratégica: Irán ha construido y financiado, durante décadas, una de las redes de actores armados no estatales que operan en distintos países. A través de organizaciones como Hezbollah en Líbano, milicias chiitas en Irak, los hutíes en Yemen o su presencia indirecta en Siria, Teherán ha desarrollado una arquitectura de dependencias con la que busca proyectar influencia más allá de sus fronteras. Seamos claros: su estrategia de guerra por intermediarios, hoy bastante debilitada tras los golpes sufridos en los últimos años, tiene un objetivo evidente: desestabilizar mediante la violencia. Y nosotros, los argentinos, somos lamentablemente testigos de cómo ese terrorismo puede matar en cualquier parte del mundo.
La cuarta y última razón es ideológica: el fanatismo del régimen iraní es incompatible con una paz estable. ¿Cómo construir una estabilidad duradera frente a un poder cuyo liderazgo ha defendido reiteradamente la destrucción de Israel como objetivo estratégico, que reprime y mata a su propia población cuando sale a las calles para exigir derechos básicos, que niega sistemáticamente el Holocausto y persigue a minorías religiosas y opositores políticos, y que convierte el antioccidentalismo en uno de los ejes identitarios de su política exterior?
Por todo esto, no tengamos dudas: Irán no es un problema lejano ni regional.
Politólogo. exembajador en Portugal
